Carta Encíclica Magnifica Humanitas. La custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
José Antonio Robledo y Meza
El pasado 15 de mayo del año 2026 apareció publicada la “Carta Encíclica Magnífica Humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” cuyo autor es el papa León XIV. El documento Lo componen 44,374 palabras, 245 párrafos, una introducción, cinco capítulos, conclusiones y 224 notas.
Los primeros dos capítulos – “un pensamiento dinámico fiel al evangelio” y “fundamentos y principios de la doctrina social de la iglesia: fundamentos y principios de la doctrina social de la iglesia” sirven de premisas para abordar el contenido del tercer capítulo denominado “técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA”. La carta termina con dos capítulos más, el cuarto: “custodiar lo humano en la trasformación. Verdad, trabajo, libertad” y el quinto: “la cultura del poder y la civilización del amor”, rematando con las conclusiones.
En la introducción se manifiesta una actitud de diálogo: “Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos.” León XIV manifiesta que su reflexión “se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las ciencias” lo que, señala, “nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente” y construir una sociedad donde “se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Contraria a esta intencionalidad se denuncia “el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.
La carta reconoce que la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando, rápida y profundamente, nuestro mundo. Reconoce también que “la técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es «un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre» pero que puede “causar daño cuando no se orientan hacia el bien”.
Frente a esta posibilidad del daño León XIV manifiesta la necesidad de “adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico.” La cuestión no se limita a la regulación y debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy el poder y hacia qué fines lo orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero». A diferencia del pasado donde eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación, hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
De las consideraciones anteriores, León XIV formula lo que considera son las preguntas decisivas: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos? Estas tres preguntas deben resolverse en el contexto ético-político de un mundo que camina por un sendero cada vez más democrático y en la construcción de una magnífica humanidad.
El documento concluye que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas. “En esta obra estamos llamados a asumir un papel activo, sin refugiarnos en el espiritualismo ni en nuestros pequeños mundos: debemos ser fieles a la verdad, invertir en la educación, cuidar las relaciones, y amar la justicia y la paz.
El documento concluye exhortando: “¡Permanezcamos fieles a la verdad! Viviendo inmersos en flujos incesantes de información, opiniones e imágenes, sabemos lo fácil que es influir en decisiones y preferencias a través de algoritmos cada vez más sofisticados. En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato.”
“¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos! Todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana (…) ¡Cuidemos las relaciones! (…) ¡Amemos la justicia y la paz!” Se trata de estar pendientes y evitar que las mismas tecnologías que facilitan la comunicación y el acceso a los recursos pueden sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro.
Finalmente, la Carta exhorta “a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo”.