De los embaucadores y sus incautos
José Antonio Robledo y Meza
Comencemos con la estructura lógica del mentir: alguien (el mentiroso) engaña sobre algo (la mentira) a alguien (el incauto). Es importante reconocer la autoría del mentiroso que actúa sobre el engañado diciéndole algo.
De esta manera la acción de engañar puede ser analizado a partir de tres elementos:
1) el mentiroso, el engañador;
2) el engañado, el incauto;
3) el contenido materia del engaño: la mentira.
La mentira es un engaño interesado y la produce un engañador. Pero, ¿cuál hay que no lo sea? ¿Qué sentido tendría hablar de una mentira desinteresada? Toda mentira, en general, persigue siempre un interés, el interés del engañador. Y así como una mentira no es, sin más, un engaño, a menos que alcance su propósito que no es otro, en efecto, que engañar, sólo cabe decir que se ha producido un engaño cuando aquél a quien se ha hecho objeto del mismo ha sido, ciertamente, engañado. Puede haber mentira, aunque no exista engaño, porque éstos no son una simple mentira, sino una mentira que ha logrado su objetivo, es decir, una mentira exitosa.
Ocurre entonces que alguien sólo puede sentirse realmente defraudado por algo o por alguien cuando, acaso paradójicamente, ya no sea víctima de fraude alguno; cuando, descubiertos el engaño o el fraude, se ha sentido desengañado o defraudado.
Tal vez por esto decía Bierce que el fraude es una lección de experiencia que se da a los incautos. Para aprender la lección es preciso poseer la suficiente lucidez como para salir del engaño, es decir, para defraudarse. Ahora bien, si además de incautos somos tontos, el asunto ya no tiene remedio.
Pero el interés es algo que se da por supuesto en el embaucador. Si la falsedad -no olvidar que es- producida por alguien, no radicará en la cosa misma, sino en quien la toma por lo que no es.
El engañador, características.
De aquí al final de este artículo analizaremos al falsificador, al impostor, al embaucador, al engañador. El falsificador es aquél que crea algo con el deseo y la pretensión de que sea tenido por auténtico. Un ejemplo de falsificaciones nos la ofrece Calvino cuando decía que, si se reunieran todas las astillas y trozos de la Santa Cruz que en su tiempo eran objeto de veneración en Europa, se necesitarían más de trescientos hombres para poder cargar con ella. Y algo similar se podría decir de las espinas de la corona de Jesús. Lo cual no quita para que acaso fuesen auténticas las más de cinco mil reliquias que al parecer tenía Federico de Sajonia y que le otorgaban 128.000 años de indulgencia.
El falsificador, cualquiera que sea su especialidad, 1) se halla movido básicamente por el deseo de fama o riqueza (o las dos cosas a un tiempo, naturalmente), y muchas veces también por el resentimiento y el afán de venganza.
Las motivaciones del impostor son mucho más complejas que la del falsificador. Con más frecuencia el resorte último y más íntimo del impostor suele ser un profundo descontento consigo mismo, una notoria insatisfacción con su propia persona y con aquello que realmente se es, de tal manera que la fama o el prestigio que puedan derivarse de la impostura, e incluso los propios beneficios económicos que la misma ocasionalmente lleve aparejados, no son un fin último ni un fin en sí mismo, sino un complejo mecanismo mediante el que tratar de paliar un ser menesteroso y marcado por un severo complejo de inferioridad; un procedimiento a través del cual se pretende borrar una existencia que se antoja insatisfactoria e insoportable, sustituyéndola por una nueva y más acorde con lo que el propio impostor considera necesario para alcanzar un grado aceptable de autoestima.
Lo que prima en el mentiroso es el deseo de ser visto como alguien importante y poder dejar atrás, siquiera sea momentáneamente, el anonimato y una existencia que se les antoja mezquina y carente de todo interés. Una de las claves del éxito del fraude (sea falsificación, sea impostura): todo el secreto estriba en ofrecer algo que alguien anhela vivamente que sea auténtico y cierto.
Es impostor aquél que quiere pasar por lo que no es. Sólo si se alcanza el propósito, si se tiene éxito durante un tiempo más o menos prolongado, se podrá decir de alguien que es realmente un falsificador o un impostor: en caso contrario no sería más que un simple chapucero.
Queda el impostor que lo es incluso ante sí, aquél que es capaz de convencerse a sí mismo de ser lo que no es. En este caso salimos de las fronteras de la impostura e ingresamos en las de la imbecilidad.
Para finalizar le propongo al lector el siguiente ejercicio. Elijo dos mentiras de un universo mucho mayor: primera, la de la supuesta entrevista a Monsivais hecha por Edmundo Cázares y publicada por el diario El Nacional el 23 de junio de 2026, dónde se trata de calumniar a Andrés Manuel Obrador; segunda, la permanente campaña de “Estado y President@ narco”. Los autores de estas mentiras y sus replicadores ¿son falsificadores, impostores, embaucadores, engañadores, chapuceros o simplemente imbéciles? Los creyentes de estas mentiras ¿son incautos, tontos, desengañados, defraudados o también imbéciles?