El sufragio universal, una herramienta para la defensa de derechos


José Antonio Robledo y Meza


Actualmente se ha generalizado la reverencia a los derechos políticos que son solo los medios para alcanzar objetivos más profundos. Se ha desplazado la atención hacia las herramientas y descuidado el tema de los objetivos. El interés ha dado énfasis a la superficie y no al contenido. Esto ocurre cuando discutimos en torno al sufragio universal.


¿Es el sufragio universal un derecho en realidad? Seguramente no; el sufragio s nada más que un utensilio diseñado para ayudar a preservar los derechos verdaderos: la vida, la libertad y la propiedad. Peor aún, ese utensilio no viene con garantía de cumplir con su objetivo. De ello hay abundantes ejemplos en el mundo contemporáneo.


Esta confusión es como ver en la construcción de una casa sólo el trabajo que esa obra necesitó, sin atender a la elevación que tuvo el conjunto de bienes de la sociedad. Esta falta de atención en lo profundo tiene un defecto en extremo negativo, pues crea falacias y percepciones falsas. Nos hace creer que un incendio es positivo cuando para reparar su destrucción el comercio eleva su actividad.


Estas percepciones que colocan el énfasis en lo inmediato y superficial impiden ver el fondo de las cosas. Por ejemplo, nuestra idea del dinero es la de que gracias a él podemos adquirir una serie de bienes, lo que es cierto, pero si nos detenemos allí solamente en nuestro análisis podemos llegar a concluir equivocadamente que para progresar todo lo que se necesita es tener abundancia de billetes. Si observamos el fondo nos daremos cuenta que la profusión de dinero no crea riqueza ni progreso.


En la política sucede algo igual a lo anterior. También en este terreno cometemos ese mismo error, ponemos nuestra atención en lo inmediato y descuidamos lo profundo e importante. Confundimos los medios con los fines y ésta es la razón por la que se defienden supuestos derechos políticos. Veamos un ejemplo. Partamos de la noción de la libertad. Ella es la capacidad para poder realizar acciones propias de un individuo que persigue el logro de sus objetivos personales y que necesariamente respeta esa misma capacidad en las demás personas. Las consecuencias de esa libertad son obvias. Cada persona puede decidir por sí misma la naturaleza de su trabajo, las cosas que ella quiere hacer. Elegirá su ocupación, sus estudios, sus compras, su religión, sus opiniones, sus lecturas, sus amigos, las asociaciones a las que desea pertenecer. Y, desde luego, esa libertad estará limitada por la no alteración de esa misma posibilidad de elegir del resto de las personas.


Una vida en la que esos derechos sean completamente posibles es lo que puede reclamarse. No existen otros derechos que esos y allí no tienen cabida los llamados derechos políticos. Pero resulta que los arreglos gubernamentales que llevan a la conservación de esos derechos verdaderos pueden ser considerados también como derechos y, peor aún, colocarlos en un plano superior al de los derechos esenciales.


En otras palabras, las partes del poder político de las personas que en la práctica han sido utilizadas con éxito para hacer respetar los verdaderos derechos (a la vida, la libertad y la propiedad), han sido confundidas con derechos en sí mismos. Los medios han sido confundidos con los fines.


Entremos más a fondo en esta cuestión. La distribución más amplia del poder político en las sociedades más avanzadas ha servido para reducir las violaciones a los derechos de las personas. También ha servido para mantener a gobiernos que se identifican con la defensa de los derechos. Concretamente, el poder del voto ciudadano ha sido instrumental en la preservación de los derechos, pero hay que admitirlo ha llegado a usurpar el lugar de los verdaderos derechos. El voto es una herramienta que en sí misma no es un derecho.


El sufragio universal no ha impedido la elección de gobiernos corruptos, ni la selección de gobernantes que emiten altos impuestos o que son ineficientes en sus tareas. El voto de los ciudadanos tampoco frena la formación de organizaciones que por la fuerza hacen que las personas renuncien a su libertad y den poder a líderes que viven de sus influencias. Tampoco ha impedido, por ejemplo, la formación de gobiernos que se entrometen en la vida privada dictando lo que el ciudadano debe hacer.


El voto de los ciudadanos no impide tampoco que ellos paguen precios más elevados por artículos que están sujetos a tarifas restrictivas de comercio y que, por eso, protegen sólo a unos pocos; tal es la política arancelaria de los Estados Unidos de América. El voto universal no es obstáculo para vivir en una sociedad en la que la inseguridad social es una regla. Ese llamado derecho político, por tanto, ha servido para violar los derechos. Por tanto, los derechos políticos pueden ser usados para hacer respetar los derechos reales, pero también para profanarlos e incluso para establecer regímenes tiránicos.


El error de llamar derecho político al voto universal, que es sólo una herramienta para la función verdaderamente crucial, que es la defensa de la vida, la libertad y la propiedad. El voto, peor aún, siendo un instrumento nada más, puede tener aplicaciones contrarias a los verdaderos derechos.


En todo derecho hay una idea básica: un derecho está compuesto por dos elementos y que es un error que al estar uno de ellos presente se concluya que el otro también lo está. Hay un elemento positivo en todo derecho que es la libertad de la persona. El segundo elemento de todo derecho es el negativo y se refiere a la limitación de esa libertad de una persona para respetar la libertad de las demás. Esos dos elementos de todo derecho en muy pocas ocasiones conviven en las debidas proporciones. Si tenemos nada más el elemento de la libertad, éste genera un estado permanente de conflicto y agresión entre las personas. Y si únicamente tenemos el segundo elemento, entonces se destruye la libertad personal.


Concluyamos. Los llamados derechos políticos colocan su énfasis en el segundo elemento de todo derecho, el limitativo, y olvidan el elemento de la libertad. Esto, desde luego, quiere decir que la adquisición de los llamados derechos políticos no es equivalente a obtener derechos. Los llamados derechos políticos son meros instrumentos para mantener los derechos. Esas herramientas pueden o no ser usadas para respetar a los derechos. Votar es únicamente un instrumento para preservar derechos. La pregunta sobre si el tener el derecho a voto es, en sí mismo, un mecanismo mejor para preservar los derechos, debemos contestar negativamente.