Juárez en la historia de las trasformaciones políticas en México.

A 120 años de su natalicio (21 de marzo de 1806)


José Antonio Robledo y Meza


Aproximarse a las representaciones de Juárez es acercarse a las imágenes que los mexicanos tenemos de nosotros mismos. Son imágenes ambiguas; se mueven entre una visión optimista de un México constituido, independiente y soberano, y un cuadro sombrío de un México que ve amenazada su existencia misma, desde el interior y el exterior. Es a 120 años del natalicio de Juárez, en este año del 2026, que los dos cuadros se revelan con claridad: el del optimismo de la Cuarta Trasformación y el sombrío de sus opositores. En la visión de la Cuarta Trasformación se pinta a Juárez como un ejemplo de cómo es posible salvar los obstáculos que presenta la situación de hechos, guiados y animados por su concepción del México del futuro, en marcha con toda la humanidad hacia la mejora social.


Un estudio ejemplar de la historia de México lo encontramos en el libro de Jacqueline Covo, 1983, Las ideas de la Reforma en México: 1855-1861. (México, UNAM. Prólogo de Moisés González Navarro). Al penetrar Covo en el debate de ideas de 1856-1857, encuentra que las leyes de 1859, lejos de ser una segunda etapa ideológica de la Reforma estaban ya contenidas en las controversias de 1856. Había una visión de las leyes que salió triunfante: las Leyes de Reforma no eran sino el resultado lógico de la Constitución de 1857, y en ello, una vez más, los hombres de 1859 no eran sino los portavoces de un movimiento que se les adelantaba. El estudio realizado por Covo nos permite esclarecer la mentalidad de los hombres que edificaron la Reforma, y que así contribuyeron a la evolución del país, con sus metas y motivaciones, así como sus límites, dentro de la diversidad de sus personalidades.


Descripción del proceso de Reforma

A partir de un grupo heterogéneo, humillado, inculto y miserable; se llega a: una nación demócrata, libre, consciente y próspera, digna, en fin, de entrar en la vía del progreso. Dos fueron los medios que se reconocieron para lograr el cambio:

1) que la reforma política y moral hacía necesario tres cosas: a) cambiar a los hombres, sacar a las conciencias de la abyección en que se habían mantenido siglos de tiranía; b) la destrucción de ese largo acondicionamiento pasaba por el ejercicio de la democracia y la emancipación de las conciencias, es decir, por la libertad religiosa; c) la construcción del hombre nuevo se realizaría gracias a la educación leit motiv del siglo diecinueve.

2) Que lo anterior no bastaba: sería preciso modificar las estructuras socioeconómicas para que todo el pueblo mexicano se beneficiara de las riquezas nacionales y no solamente unos pocos privilegiados.


Un par de problemas eran los que existían: 1) consientes: ¿Cómo reducir la oposición de los cuerpos privilegiados, y del primero de ellos, la Iglesia? El poder de la Iglesia, fincado en sus bienes, podía afectarse con las reformas. ¿Cómo en el estado de penuria en que se hallaba el erario, reunir los fondos necesarios para las reformas materiales, creación de escuelas, carreteras, ferrocarriles? Se carecía de tiempo y estabilidad. 2) Inconscientes: la contradicción entre los fines perseguidos y la ideología profesada. El liberalismo individualista, que limita al máximo la acción del Estado para dejar libre al individuo en su desarrollo, en todos los dominios, ¿era la filosofía más apropiada para destruir los abusos del pasado e instaurar estructuras nuevas, para hacer, como decían los reformistas, una “revolución”? ¿No se necesitaría la autoridad del Estado para llevar a buen término la revolución deseada?


La dictadura, llamada “provisional”, las Leyes de Reforma, la exigencia del juramento a la Constitución, la exclusión de ciertas categorías de ciudadanos de la vida política son otros tantos golpes de fuerza del Estado que, por parecer indispensables no son, por ello, menos arbitrarios.


Contradicciones, ambigüedades y límites se hallan enteras en la personalidad de nuestros liberales, jóvenes provincianos instruidos, ávidos de promoción social. El pueblo es soberano; pero, ¿quién es el pueblo? ¿El propietario, el intelectual o el campesino despojado, el indio bárbaro? ¿El pueblo o el “vulgo”? Todos los mexicanos son iguales, pero esta igualdad es estrictamente política. Se debe educar al ignorante, pero sólo dentro de los límites que le permitan comprender el mecanismo de las instituciones democráticas y votar por ellas -pero no pretender salir de su condición, a menos de caso excepcional. El proletario, el indio han de poder evadirse del monopolio del propietario, pero la libertad de empresa -de este último- es un elemento intocable del credo liberal. Han de gozar de los beneficios de la propiedad, pero la propiedad privada es sagrada, las comunidades indígenas desamortizadas, las propiedades del clero se venderán al mejor postor, los “baldíos” se cederán a los colonos extranjeros. La reforma no ha de tocar sino lo que obstaculiza la concepción legalista de la democracia, es decir, a) las supervivencias del pasado; b) el régimen comunitario, contrario a la libre competencia; c) el poderío de la Iglesia que frenaba el libre desarrollo del individuo.


Para terminar, enlistaré las tres conclusiones a las que llega la investigación de Covo:

1) La Reforma fue una manifestación del liberalismo individualista en sus prolongaciones y su funcionamiento.

2) Las particularidades debidas a un marco histórico y geográfico preciso hacen del debate de ideas de la reforma una etapa del proceso formador de la nación mexicana en sus componentes políticos, culturales, sociológicos y económicos, heredera de los problemas legados por los periodos precedentes y responsable, por sus ambigüedades y contradicciones, de la evolución posterior de México.

3) La Reforma fue la expresión de un grupo de intelectuales. Fue la expresión de una colectividad y, por lo tanto, no fue unitaria, unívoca, coherente; fue, por el contrario, multiforme, proteiforme, y todas las opiniones tuvieron cabida en ella.


Es el libro de Covo, aludido arriba, un ejemplo que ayuda a la comprensión del proceso concebido como una secuencia de cuatro trasformaciones y que tiene como divisa el Pueblo Soberano como base, la Nueva República como fin y la Cuarta Transformación como medio.