La opinión pública, la mañanera y la democracia


José Antonio Robledo y Meza


El término “opinión pública” es de cuño reciente: surge a mediados del siglo XVIII, se remonta a los decenios que preceden a la Revolución francesa de 1789. Cinco aspectos marcaron su génesis: el primero, el hecho de que los ilustrados se atribuían la tarea de “difundir las luces” y, por lo tanto, de modo implícito, de formar las opiniones de un público más amplio; en segundo lugar, la revolución preparaba una democracia en grande -bien distinta de la democracia en pequeño de Rousseau- que a su vez presuponía y generaba un público que manifiesta opiniones; en tercer lugar, estos hechos muestran que la asociación primaria del concepto es una asociación política; en cuarto reconocía que una opinión generalizada (difundida entre un gran público) puede existir, y de hecho existe sobre cualquier tema; por último, el público en cuestión es sobre todo un público de ciudadanos, un público que tiene una opinión sobre la gestión de los asuntos públicos, y por lo tanto, sobre los asuntos de la ciudad política. En síntesis: el “público” no es sólo el sujeto, sino también el objeto de la expresión. Una opinión se denomina pública no sólo porque es del público (difundida entre muchos, o entre los más), sino también porque afecta a objetos y materias que son de naturaleza pública: el interés general, el bien común, y en esencia, la res pública.


La “opinión pública” está asociada con la vox populi del Imperio romano tardío, con el consensus de la doctrina medieval, con la “pubblica voce” y la “pubblica fama” de Maquiavelo y el concepto se encuentra prefigurado en el “espíritu” de Montesquieu y la “voluntad general” de Rousseau. Locke introdujo, junto a las leyes divina y civil, una “ley de opinión y de reputación” que era fuente de legitimidad y de conducción de un gobierno recto.


El fenómeno comunicacional llamado popularmente como “la mañanera” y oficialmente “Conferencia de prensa” se ha constituido un espacio de construcción de la opinión pública en México desde 2018. La mañanera es un espacio ritual, un espacio político donde se construye una realidad política –“Juntos hagamos historia”-mediante el uso del lenguaje oral apoyado con proyecciones de imágenes y videos. En la “Mañanera” participan el ejecutivo de México -ayer Andrés Manuel López Obrador, hoy Claudia Sheimbaun Pardo-, algunos funcionarios y periodistas. Al definir relaciones políticas, las mañaneras son causa de la construcción de la realidad histórica que mañana habrá que estudiar para comprender el siglo XXI.


Los mensajes construidos en la mañanera no solo están compuestos de proposiciones sino también de expresiones que se convierten en directrices de creencias y conductas políticas. Hace posible lo que puede ser pensado y lo que no puede ser expresado por solo proposiciones sino mostrado por las formas peculiares de hablar de los presidentes. ¿Cómo se construye un pensamiento colectivo, cómo se expresa dicho pensamiento sin límites metodológicos? Son preguntas que deberá responder un intérprete que tiene la posición de observador en la construcción de la realidad política. Las mañaneras son el espacio donde comunicar hace común la significación donde la significación plena se relaciona con la verdad, en su dimensión más cognoscitiva, aunque también pragmática. La verdad se encuentra en el consenso que hace posible ganar elecciones.


En el concepto de “opinión pública” se conjuntan dos características: la difusión entre públicos y la referencia a la cosa pública. Una cosa debe quedar clara; “opinión” es doxa, no es episteme, no es saber o ciencia. La opinión es la que fundamenta la democracia liberal. La democracia representativa se caracteriza no como “gobierno del saber”, sino, por el contrario, como “gobierno de la opinión”; lo que equivale a decir que a la democracia le basta la doxa, que el público tenga opiniones: nada más, pero nada menos.


El concepto de opinión pública implica tres cosas: 1) un público, o una multiplicidad de públicos, cuyos estados mentales difusos (opiniones) interactúan con los flujos de información sobre el estado de la cosa pública”; 2) su fluidez refleja la naturaleza del fenómeno en observación; 3) contiene como ingredientes propios: necesidades, deseos, valores, disposiciones y datos sobre cómo se gestiona la cosa pública.


Nexo entre la opinión pública y la democracia.

La opinión pública es el fundamento esencial y operativo de la democracia. Cuando se afirma que la democracia se basa en la soberanía popular se indica únicamente, o sobre todo, su principio de legitimación. Para ser de algún modo soberano el pueblo debe, por lo tanto, poseer y expresar un “contenido”; y la opinión pública es precisamente el contenido que proporciona sustancia y operatividad a la soberanía popular. De lo anterior se desprenden dos definiciones clásicas de la democracia: uno, que la democracia es un “gobierno de la opinión”, dos, que la democracia es un “gobierno con sentido”, fundado en el consenso. La vinculación entre estas dos definiciones es fácil de ver: un gobierno de la opinión es uno que busca y requiere, precisamente, el “consenso” de la opinión pública y un gobierno con sentido es, concretamente, un gobierno mantenido por la “opinión pública”.


Subrayar el consenso es destacar el consenso de los fundamentos, sobre los valores de fondo y sobre las reglas de juego del sistema político. Por ejemplo, sin consenso sobre las reglas que ordenan los conflictos, queda únicamente un conflicto dirigido a imponer estas reglas por medio de la violencia. Lo relevante aquí es que los conceptos de opinión pública y de consenso no sólo se refieren el uno al otro, sino que son coincidentes: ambos son conceptos que designan estados difusos, al igual que “la mañanera”.