Los elementos a priori del trabajo

Trabajo versus labor


José Antonio Robledo y Meza


En este día 1 de mayo de 2026 reflexionaremos en torno a dos conceptos: trabajo y labor. Para comenzar diremos que no son sinónimos. Si bien tienen algunas similitudes sus diferencias son significativas. Partamos de un ejemplo. Juan labora cuando se dedica a pintar aros en una fábrica porque con ello obtiene un salario. Es una actividad rutinaria que no le provoca ningún placer y si, por el contrario, malestar que espera llegue a su fin para irse a descansar. Le disgusta la idea de regresar al otro día. No sabe para qué pinta tantos aros. Pinta por dinero. Ese es su objetivo. Diana trabaja pintando murales, disfruta pintándolos. Los murales son obras suyas y pintarlos es la finalidad de las actividades que realiza. Todas sus energías están orientadas a realizar bellos murales y ama hacerlos porque sabe procura experiencias gratas a quien los contempla. Su propósito es la excelencia. Diego siente placer haciendo murales, es feliz haciendo todo lo que significa hacer murales…


Del trabajo puede decirse lo mismo que del conocimiento, que está predeterminado por una serie de elementos que los filósofos suelen llamar a priori. Los a priori son los elementos previos a ese trabajo que lo condicionan. En este sentido cabe decir que todas las actividades anteriores constituyen una especie de a priori del trabajo en cuestión. Por ejemplo, si nuestras tres últimas experiencias han terminado en un reconocimiento, inevitablemente esto nos predispone a comportamos de una cierta manera en el siguiente intento. De un modo absoluto podemos considerar a priori a lo que antecede a toda actividad, incluso al primero y que nos preparó para el mismo. Así considerados, estos elementos tienen tres funciones: posibilitan o impiden el trabajo, le imponen determinadas características y le señalan un límite.


La segunda función de los elementos a priori es imponer al trabajo unas determinadas características que difícilmente se pueden derivar de la pura aplicación de una técnica. Hay veces en que, por no esperar nada en especial de la ocasión, por estar habituados a otra cosa o por volver a reencontramos con viejas sensaciones conocidas. Finalmente resulta claro que los elementos a priori limitan hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Todo lo anterior tiene otra lectura y es que, a veces, estamos preparados para iniciar un trabajo sin que, aparentemente, haya condiciones para ello. Los elementos a priori funcionan, en efecto, de modo espontáneo. Aquí radica, precisamente, lo característico de lo a priori, que imponiendo sus leyes de modo espontáneo confieren sentido. Existen múltiples caminos para escapar de esta situación.


Aunque en la historia del filosofar se pueden encontrar muchos antecedentes de los elementos a priori, el primer análisis profundo de los mismos corresponde a Kant. Cuanto él dice respecto del conocimiento, es aplicable al trabajo. El trabajo, como el conocimiento, sólo es posible mediante una síntesis de elementos sensibles y elementos a priori que van actuando a sucesivos niveles. El concepto de síntesis resulta aquí fundamental, hasta el punto de que un trabajo se puede definir como una síntesis, esto es, como la unificación de cosas diferentes. Demostrarlo es muy simple. El punto de partida de un trabajo suele ser una pluralidad de sensaciones que llegan hasta nosotros y el producto final es la unidad suprema de la conciencia del yo consigo mismo.


Un primer nivel de síntesis es el que corresponde a la sensibilidad. Aquí intervienen, literalmente, los cinco sentidos. Kant afirmaba que ante el contenido de las sensaciones, nos mostramos pasivos, recibiendo imágenes, sonidos, etc. La pura percepción de estas sensaciones, activa en nosotros el mecanismo del entusiasmo. Entre ambos, entre la sensación y la excitación, o, como dice Kant, entre las intuiciones y los conceptos, está situada la imaginación. La verdad es que el papel de la imaginación en Kant no está muy claro. Desde luego, media entre unos y otros, pues proporciona a las sensaciones recibidas un referente, que provoca de inmediato la puesta en marcha del entusiasmo. El entusiasmo es la condición de posibilidad de todo trabajo como las categorías son la condición de posibilidad de todo conocimiento. Decía John Locke que, puesto que el conocimiento consiste en el acuerdo o desacuerdo de las ideas, no podemos tener conocimientos más allá de ellas. Esto es válido respecto del trabajo. En efecto, con el trabajo pasa como con el conocimiento, está limitado tanto cuantitativa como cualitativamente. Si nuestras ideas limitan la cualidad, la duración de nuestra experiencia del trabajo limita la cantidad.


A partir de lo anterior veamos cuáles son las similitudes y las diferencias entre lo que hace Juan –laborar- y lo que hace Diana –trabajar-.


Similitudes.

Tanto el trabajo como la labor consumen el tiempo y las energías de las personas; tienden a excluir otros quehaceres humanos; precisan determinada disciplina o autodirección; se orientan a la reproducción: no necesariamente de un artículo de consumo o una posesión negociable; como están dirigidos hacia un propósito determinado, pueden hacerse más o menos rápidamente, o con mayor o menor competencia, o con mayor o menor empeño, etc.


Diferencias

El trabajo tiene las siguientes características: 1) es acción no enajenada; 2) sus productos son obras. La obra es la finalidad del trabajo de quien trabaja; 3) para trabajar bien, el trabajador necesita amar o valorar aquello en lo que trabaja; 4) la excelencia de una obra se distingue tajantemente de su bondad instrumental y en particular de su propensión a procurar satisfacción a los consumidores, ya que esta satisfacción no es medida de la excelencia de un producto; 5) el trabajo no tiene que darnos placeres, es un placer; el placer consiste en hacer el trabajo; no en alguna consecuencia, ni estado mental producidos por el trabajo; 6) la felicidad consiste en realizar actividades: no la constituyen placeres producidos por las actividades; 7) el trabajo no está relacionado contingentemente con su producto. La descripción del proceso y la descripción del producto son parte de un mismo esquema conceptual; la calidad del trabajo y la excelencia de su producto se juzgan juntas; 8) el trabajo tiene un objeto con el que el trabajador esté de acuerdo y un propósito con el cual puede identificarse; 9) en el trabajo tiene que haber un empeño en que se produzca una obra de alguna clase, sujeta a normas de excelencia para esa clase de obra, y tal, que el trabajador desee producir esa clase de obra conforme a una descripción tal, que esas normas de excelencia sean las propias del caso y las cuales acepte él, en todas circunstancias; 10) el que trabaja siente amor por su obra, y tendrá una razón para proceder en ésta y no en otra manera, en términos de las cualidades y excelencias hacia las que apunta en el producto acabado.


A diferencia del trabajo la labor tiene las siguientes características: 1) tiende a la alienación o enajenación; 2) es rudo empeño y esfuerzos penosos; 3) algunas labores nos producen placeres. El placer de laborar (en caso de que exista) es siempre extrínseco a la labor; 4) la labor está relacionado contingentemente con su producto; el proceso de producción y el producto son conceptualmente distintos. Muchos de quienes laboran en un proceso ni siquiera saben para qué producto sirve su labor; 5) no tiene un objeto con el que el laborante esté necesariamente de acuerdo y un propósito con el cual pueda identificarse; 6) La frustración (cuando no es diluida por la publicidad moderna) del laborar se origina, tanto de la falta de normas de excelencia a que pueda aspirar el laborante, como de la falta de un objetivo verdadero en el laborar.


Dicho lo anterior, es necesario tomar conciencia de que el objetivo de una vida con calidad humana está relacionado con el trabajo. Es necesario que Juan transforme su vida laborante en una vida de trabajo como la de Diana y en este trasformar hacer lo consecuente para convertirse en un auténtico trabajador.