Postura de los apóstoles ante la pasión, muerte y resurrección de Jesús
José Antonio Robledo y Meza
Dos fueron las causas que precipitaron los acontecimientos que llevaron a Jesús hasta la crucifixión: primero la pérdida del apoyo popular y segundo la relación problemática que se había establecido entre Jesús y las autoridades religiosas judías, especialmente con los saduceos.
Después de tres años que Jesús comenzara a entusiasmar a las gentes con su buena nueva (evangelio)—, cuando las muchedumbres oprimidas, que habían comenzado a seguirle con entusiasmo desde un principio, sucumbieron a la desilusión al no encontrar los cambios sociales y políticos que esperaban lograr de la mano de ese mesías judío prometido y largamente esperado.
Pasado ese tiempo de prédica, Jesús fue arrestado y ejecutado, en una fecha que los expertos sitúan entre el año 30 d.C. y la primavera del 36 d.C., como convicto de un delito de rebeldía ante la autoridad imperial romana al proclamarse «rey de los judíos»; para acelerar y forzar su detención pesó la presión ejercida por el Sanedrín judío, escandalizado por la blasfemia de Jesús de reivindicar para sí la dignidad mesiánica y la realeza davídica.
Sobre este hecho fundamental -la muerte de Jesús-, la única referencia que aporta el Nuevo Testamento es que Jesús fue crucificado después de la ejecución de Juan el Bautista, durante una pascua siendo Poncio Pilato gobernador de Judea y Caifás el sumo sacerdote. En cuanto a la fecha de ejecución evidencias provenientes de la Biblia y de la astronomía indican que el nacimiento de Jesús fue acompañado por la Estrella de Belén, un cometa observado en el año 5 a. C. por astrónomos chinos, tal como se menciona en el Libro de Han. Esta teoría señala que Jesús nació entre el 9 de marzo y el 4 de mayo del 5 a. C., muy posiblemente cerca de la Pascua: del 13 al 27 de abril de ese año. Un nacimiento durante la primavera se ajusta al relato de Lucas, en el que se describe a pastores que residían en los campos próximos y cuidaban sus ovejas durante las noches. (Colin Humphreys, 'The Star of Bethlehem', in Science and Christian Belief 5 (1995), 83–101.). De esta manera la muerte de Juan el Bautista no puede datarse en forma alguna, pero es probable que fuese la consecuencia de sus duras críticas al matrimonio entre el rey Herodes y su cuñada Herodías —relatadas en Mateo y en Marcos— que, según el consenso científico actual, se celebró en el año 35 d.C., una fecha muy plausible, por tanto, para datar la muerte del Bautista. Dado que tanto Pilato como Caifás perdieron sus respectivos cargos en el año 36 d.C., resulta también muy posible situar la crucifixión de Jesús durante la pascua del año 36 d.C. Según esta estimación y la de la fecha de su nacimiento (9-5 a.C.), resulta que Jesús no pudo morir a los 33 años, tal como sostiene la tradición, sino a una edad algo superior que cabe situar entre sus 45 y 41 años.
¿Qué nos dicen los evangelios de las creencias de los mismos apóstoles en torno a la pasión y resurrección de Jesús? A Pedro, en especial, se le presenta en los Evangelios rechazando con vehemencia la posibilidad de la pasión y recibiendo por ello un durísimo reproche de parte de Jesús. Así, por ejemplo, en Mt 16,21-23 se lee: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar. Pedro, tomándole aparte, se puso a amonestarle, diciendo: No quiera Dios Señor, que esto suceda.»
En Mc 8,31 Jesús, reunido con sus apóstoles, «Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días. Claramente se hablaba de esto». El pasaje se repite en Mt 16,21 y en Lc 9,22. Mientras todos estaban atravesando el lago de Galilea, según Mc 9,30-32, Jesús «iba enseñando a sus discípulos y les decía: El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y le darán muerte, y muerto, resucitará al cabo de tres días. Y ellos no entendían esas cosas, pero temían preguntarle». Ver también Mt 17,22-23 —que añade que los apóstoles «se pusieron muy tristes»— y Lc 9,44-45.
La tercera predicción de Jesús acerca de su inminente pasión figura en Mc 10,33-34 cuando se dice: «Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará.» Este texto se reproduce también en Mt 20,18-19 y en Lc 18,31-34, que añade: «Pero ellos no entendían nada de esto, eran cosas ininteligibles para ellos, no entendían lo que les decía.» Y en Mc 14,28-29, mientras se dirigían hacia el monte de los Olivos, encontramos a Jesús afirmando: «Pero después de haber resucitado os precederé a Galilea». En el contexto narrativo equivalente de Mt 26,30-35 y Lc 22,31-39 no se incluye esta última frase.
En el mismo Evangelio de Mateo, después de describir con todo lujo de detalles cómo será la venida del «Hijo del hombre» y el juicio final (Mt 24,29-31), Jesús afirmó: «En verdad os digo que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda» (Mt 24,34). La inminencia del «fin de los tiempos» también aparece destacada en versículos como los de Mt 4,17; Mc 1,15; Lc 10,9 y Lc 10,11 («el reino de Dios está cerca»); Mc 9,1 y Mc 13,30 («antes de que haya pasado esta generación»); Mt 10,23 («en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre»). Aunque, según Mc 13,32, «Cuanto a ese día o a esa hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre».
En la manifiesta actitud de resignación e inevitabilidad con la que, aparentemente, Jesús aceptó su ejecución, pudo haber tenido mucho que ver su absoluto convencimiento de que el fin del mundo —y el consecuente advenimiento del «reino de Dios»— era inminente, tal como quedó expuesto con claridad cuando el mesías judío afirmó: «Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino» (Mt 16,27-28), eso es que el «reino» llegará tan pronto que algunos de los presentes aún estarán vivos para verlo.
Como acabamos de exponer la actitud de los apóstoles ante la pasión, muerte y resurrección de Jesús es de rechazo (Pedro), de incredulidad y escepticismo; para la mayoría resultaban cosas ininteligibles. El mismo Jesús revela ignorancia cuando explícitamente afirma, en relación a su resurrección, “cuanto a ese día o a esa hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”.